Teología del Antiguo Testamento: Creación, Redención, Soberanía, Mesías y Juicio

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. 2da. Timoteo 3:16

Para los cristianos, el Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el Nuevo Testamento. Jesucristo es Aquél que arroja la luz necesaria para el acercamiento a las páginas que cuentan la revelación de Dios desde los orígenes en Génesis, hasta los libros del s.V a.C. Todo el Antiguo Testamento es la historia de la relación de Dios y los hombres, teniendo su punto culminante en la salvación que sólo es en Cristo Jesús.

Así pues, las páginas del Antiguo Testamento contienen incontenible riqueza teológica. Dios se revela en el proceso histórico del hombre y particularmente de Su pueblo Israel, y  cada período aporta aspectos que ponen de relieve Su carácter y Sus obras.

Dios no sólo es el Dios Creador de Génesis sino también el Dios Redentor del Éxodo. Dios también se presenta como Rey Soberano por sobre todo y por sobre todos, apuntando a Su Hijo, el Rey Ideal y Eterno de las naciones. Dios es Señor de la historia, y en el “Día de Jehová” su Perfecta y Santa Voluntad será cumplida a cabalidad.

Sirva pues este breve trabajo de investigación, para presentar la teología que se encuentra en las páginas del Antiguo Testamento, con el firme propósito de alentar la fe,  e invitar al descubrimiento y disfrute del mismo.

I. DIOS EN LA CREACIÓN DEL UNIVERSO, EL HOMBRE Y LA NACIÓN ISRAELITA (DESDE LA ÓPTICA DE GÉNESIS)

  1. INTRODUCCIÓN
  2. DIOS EN LA CREACIÓN DEL UNIVERSO
  3. EL HOMBRE
  4. LA NACIÓN ISRAELITA
  5. CONCLUSIÓN

II. JEHOVÁ EL REDENTOR (JEHOVÁ Y EL ÉXODO)

  1. INTRODUCCIÓN
  2. JEHOVÁ EL REDENTOR
  3. JEHOVÁ EN EL ÉXODO
  4. CONCLUSIÓN

III. JEHOVÁ Y LA MONARQUÍA

  1. INTRODUCCIÓN
  2. UN POCO DE HISTORIA
  3. UNGIDOS DE YAHVEH
  4. EL UNGIDO DE YAHVEH
  5. CONCLUSIÓN

IV. JEHOVÁ Y LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS

  1. INTRODUCCIÓN
  2. JEHOVÁ Y LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS
  3. CONCLUSIÓN

V. JEHOVÁ Y EL DÍA DEL SEÑOR, Y LOS NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

  1. INTRODUCCIÓN
  2. JEHOVÁ Y EL DÍA DEL SEÑOR
  3. LOS NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
  4. CONCLUSIÓN

CONCLUSIÓN                                                                                                   BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES ELECTRÓNICAS                                        

I. DIOS EN LA CREACIÓN DEL UNIVERSO, EL HOMBRE Y LA NACIÓN ISRAELITA (DESDE LA ÓPTICA DE GÉNESIS)

INTRODUCCIÓN

Conocer al libro de Génesis como el libro de “el principio” o “los orígenes”, es sin duda un entendimiento que marca todo acercamiento posterior a las páginas de la Biblia. Saber que Dios se revela a sí mismo sin lugar a dudas como el Creador de todo lo que existe, define ya por sí una cosmovisión que debe ser centro y base de la vida de todo creyente. Dios es el Creador. Así lo muestra Génesis. Si nosotros somos, es por su voluntad creadora; si nosotros le conocemos, es por su deseo de revelarse y establecer una relación con nosotros. No una relación entre iguales, sino una relación entre Dios y criaturas.

Como seres humanos, debemos nuestra existencia a Dios. Hombres y mujeres por igual hemos sido creados a su imagen, y dotados de singularidades que nos distinguen del resto de la creación divina. Al estudiar Génesis, entendemos en su justa medida la valía que tiene cada ser humano, no por cuestiones como su condición económica, cultural, educativa o racial, sino por percibirnos como creados a Su imagen y semejanza, dotados de dignidad y sentido de propósito.

Con tristeza vemos que en nuestros días, esta dignidad y sentido de propósito pierde su brillo por los efectos del pecado sobre todo y sobre todos. Así lo presenta el mismo primer libro, desde la caída del hombre. Sin embargo, Dios muestra su misericordia al elegir un hombre, para de él levantar una nación especial. Un pueblo para sí. Su formación ha de dar esperanza a toda la humanidad. La esperanza de que Dios permanece Fiel aún a pesar de nuestros errores. La esperanza de una salvación completa a través del linaje de Su pueblo. La esperanza del restablecimiento de una relación entre el Creador y su creación.

DIOS EN LA CREACIÓN DEL UNIVERSO

En la primera declaración de Génesis, no debemos pasar por alto la naturaleza única, personal y libre de Dios. Dios no es una idea, Dios no es una fuerza, Dios no es el resultado de alguna causa primigenia. Dios es un Ser Personal, Todopoderoso, Creador y la Causa de todo cuanto existe. Dios es Eterno. Además de ello, Dios es Uno. Esto distingue fundamentalmente a muchos otros sistemas religiosos politeístas o animistas de la época. Dios es Único y es un Ser Personal. Como bien lo indica Van Imschoot “El monoteísmo es la creencia en un Dios único, con exclusión de toda otra divinidad… Según los primeros capítulos de Génesis, desde los orígenes de la humanidad se ha manifestado el Dios único.” (pp. 65, 66). Además de ello, el relato muestra “los rasgos propios de una actividad personal y espiritual y de una intencionalidad moral.” (Eichrodt, p. 106). Esto es mostrado desde el relato mismo de la creación.

Este Dios único es quien creó “los cielos y la tierra”. Los verbos que designan la acción creadora “describen poéticamente la acción creadora de Dios como la de un artesano o arquitecto, como la de un padre… el verbo “bará”, sólo se emplea para designar la acción de Dios que produce un objeto o un prodigio… Yavé aparece en él clarísimamente como el autor único de la tierra y del cielo y de todo cuanto vive sobre la tierra: los vegetales, los animales y el hombre, para quien ha sido hecho todo lo demás.” (Van Imshoot, pp. 135-137)

Aunque varios teólogos coinciden que el relato muestra preponderantemente a Dios estableciendo orden en un caos, la “creatio ex nihilo” es fuertemente respaldada por la expresión “bereshit” (en el principio). Eichrodt (citando a Hönigswald) comenta: “Con el término “bereshit” se afirma un comienzo absoluto de la creación, un comienzo normativo, y no causal, en la concepción de la génesis del mundo… el narrador acude al verbo “bará”, ´termino técnico para indicar la acción maravillosa de Dios que produce algo sorprendentemente nuevo.” (pp. 111-112)

De la misma manera, el relato establece la independencia de Dios con lo creado. Dios no se confunde con su creación, aun cuando se relaciona desde los mismos orígenes con la misma. Jacob dice “El arquitecto no se confunde con la creación; Dios coloca su creación en situación independiente de sí.” (p. 133) Lo que Dios creó presenta superioridad absoluta sobre lo que el hombre “crea”. “La superioridad del “bará” divino” sobre las creaciones humanas se observa también en el hecho de que el medio, sino siempre el resultado, la obra acabada y perfecta” (Jacob p.139).

Teológicamente, la creación y su relato, son el principio solamente de las relaciones que Dios desea tener con el hombre y con su misma creación. Teológicamente es el punto de partida de los propósitos divinos para el ser humano. “En Israel, la creación señala un comienzo. La palabra “reshit” es todo un programa, porque nos muestra que el plan de Dios en la historia toma su punto de partida en la creación… la historia misma comienza en la creación, ésta posee un carácter histórico, es un acontecimiento que llena el tiempo… la creación, que posee un principio y una historia, tiene igualmente un fin… la creación es en el Antiguo Testamento un concepto escatológico.” (Jacob, pp. 134-137)

Así pues, la creación del universo tiene como riqueza primordial la revelación de Dios. Aun cuando los primeros capítulos de Génesis relatan la creación como tal, el centro de todo es Dios. No hemos de perder de vista esto.

EL HOMBRE

El relato de Génesis muestra especial interés en la creación del hombre. Hombre y mujer son creados por Dios, y su centralidad en el pasaje muestra la peculiar posición que tiene la humanidad dentro de toda la creación divina. En su aspecto material, el hombre no es diferente a otros seres en la creación. Muchas funciones orgánicas son desarrolladas por otros seres vivos.

La fragilidad, la debilidad y los límites del ser humano, son elementos que comparten con otros seres de la creación. Para Jacob, los términos para designarlo nos lo indican: “Adam” apunta a su humanidad, “enosh” a su debilidad, “isch” a su poderío, y “geber” a su fuerza. (Jacob p. 151)

Jacob menciona: “En apariencia, nada distingue al hombre de las otras criaturas; según el relato yahvista de la creación, el hombre es creado del polvo de la tierra, y los animales son formados de la “adamah”…su existencia es efímera, e inexorablemente se termina por la muerte.” (Jacob, p. 146). Continúa diciendo: “Paralelamente a la afirmación del carácter efímero y limitado del hombre, el Antiguo Testamento no cesa de proclamar la eminente dignidad que le confiere su especial lazo de unión con Dios. Este lazo no es una relación de parentesco, el hombre no es un dios caído… es colocado por Dios como una criatura independiente y autónoma, a la que se confía el dominio sobre el resto de la creación por su condición de imagen de Dios. De ahí que el hombre, aunque participe de las leyes que regulan el dominio de las cosas creadas, se halle más cerca de Dios que las otras criaturas: aunque el hombre y los animales han sido creados el mismo día –lo que pone de relieve su parentesco-, una infranqueable barrera les separa, porque la función principal de la imagen consiste precisamente en el dominio sobre los animales y en el mantenimiento de la distancia que de la esfera humana separa a estos últimos.” (Jacob p. 147)

En la teología veterotestamentaria, el hombre era un ser integral, compuesto por una parte material y una parte inmaterial. Muchos de los términos ocupados para describir al hombre, son utilizados en diferentes formas y contextos para hacer referencia al ser humano, es decir, se usan indistintamente, lo cual hace difícil una sola definición para cada uno de los términos con los cuales la Escritura describe al hombre. Jacob lo dice de la siguiente manera: “Tratar de presentar la antropología del Antiguo Testamento con la ayuda de nuestros conceptos y de nuestro lenguaje moderno es correr a un fracaso seguro. No podemos hallar en el Antiguo Testamento la oposición entre alma y cuerpo; tampoco una concepción tricotomista (alma, cuerpo, espíritu) del ser humano.

El hombre es un ser psicofísico.” (p. 151) Eichrodt afirma lo mismo: “Diferencia en el ser humano un aspecto espiritual, interior, y otro corporal, tal como aparece en los dos relatos de la creación, no es sólo una opinión peculiar de estos relatos, sino un elemento constitutivo de toda la visión veterotestamentaria del hombre. Aun prescindiendo de las afirmaciones sobre ese doble aspecto del ser humano, encontramos por doquier la idea de que, por una parte el hombre está hecho de materia terrestre, que es polvo y ceniza, mientras que por otra, puede presentar como suya una potencialidad espiritual que lo convierte en un yo consciente. Este segundo aspecto, el espiritual, se designa con toda una serie de expresiones que lo presentan desde puntos de vista diferentes.” (p. 137)

Con respecto a la imagen de Dios en el hombre, Van Imschoot señala: “Es preciso pensar que el autor ve en la semejanza con Dios lo que distingue al hombre de los otros seres vivientes: su facultad de pensar y querer por sí mismo (Salmo 32:9), es decir, lo que constituye de él una persona; así el hombre es representante de Dios en la tierra, un ser semejante a Elohim, un ser capaz y digno de ejercer el imperio que Dios le ha otorgado sobre todos los animales…Como el autor de Génesis 1:26-27, el salmista (Salmo 8) es consciente de la distancia que separa a Yavé, el Dios creador, el Altísimo, del hombre: si el hombre es casi un ser divino, un Elohim, si es poderoso y lleno de majestad, si es el rey visible de los animales y el lugarteniente del Rey celestial; en una palabra, si es la imagen de Elohim, se lo debe a Yavé, su creador y creador también del universo…el hombre ha sido creado para la inmortalidad, y lo mismo digamos en cuanto a la imagen de Dios cuyo atributo es la eternidad.” (pp. 314, 315)

Describiendo al hombre, la mayoría de los libros de teología veterotestamentaria, lo hacen en estos términos: la carne (“bassar”) cuya acepción principal es a la parte material del hombre (músculos, huesos, carne) y por sinécdoque a todo el cuerpo. En ocasiones la expresión “toda carne” puede designar a todos los seres vivientes, o a los hombres, o a los animales, o a ambos. El alma (“nephesh”) tiene en los lenguajes semíticos el significado de “respiración” o “soplo”.

En un sentido básico, significa el signo de la vida, o soplo vital. Al igual que “bassar”, “nephesh” también puede ser empleado para referirse por sinécdoque a alguna clase de ser viviente o a todo ser viviente. El “nephesh” también considera fenómenos psíquicos: hambre, sed, saciedad, deseo, alegría, odio, tristeza, amor. Se distingue de “ruaj” porque tiene mayor vinculación a órganos corporales (Imschoot, pág. 363). El soplo (“nesamah”) primordialmente toma el sentido de “soplo”. El espíritu (“ruah”) también proviene de la idea de “soplo” y “soplo viviente”. Se ocupa paralelamente que “nephesh” y “nesamah” en ese sentido. También es sede de los sentimientos y la actividad intelectual.

Hablando de la dificultad para definir los límites en los términos con los cuales el Antiguo Testamento describe al hombre, Imschoot dice: “Esto prueba una vez más  cuán imprecisos son los términos y las nociones de la psicología hebrea… De suerte que no se debe de hablar ni de tricotomía ni de dicotomía en el Antiguo Testamento; al hombre se le concibe sintéticamente, como un “organismo psico-físico”. (pp. 365, 375)

LA NACIÓN ISRAELITA

Como dice Gelin: “El Antiguo Testamento es la historia de la religión verdadera… es la historia de ese pueblo que vivió una serie de grandes realidades: la elección, la promesa, la alianza, el reino, el exilio, la comunidad. Sus experiencias, sus búsquedas, sus fracasos, sus sueños y sus afirmaciones constituyen el tema de esta historia. Ese pueblo aparece movido por un impulso religioso que lo induce a superarse constantemente a sí mismo, a volver a pensar a nivel más espiritual todo aquello que anteriormente había vivido y pensado de una forma menos digna de Dios… El Antiguo Testamento es preparación del Cristo.” (pp. 7-8)

Este devenir del pueblo de Dios tiene también su origen (así como el del universo) en Génesis. Y de la misma forma que la libre voluntad divina comenzó todo, Él mismo es quien se revela y establece su “pacto” o su “alianza” de manera soberana con su pueblo.

El concepto de “elección” (“bachar”) es primordial para entender la formación de Su pueblo. No es el hombre el que busca a Dios, sino Dios quien busca al hombre. Como menciona Jacob, “(la elección es) la acción inicial por la cual Yahvé entra en relación con su pueblo y la realidad permanente que asegura la permanencia de aquella relación. Toda intervención en la historia es una elección: tanto si lo que elige es un lugar en el cual manifestarse de manera especial como si lo que elige es un pueblo mediante el cual llevar a cabo sus propósitos, o un hombre para que sea su representante o portavoz, en todos los casos el Dios del Antiguo Testamento es quien por disponer de la soberanía universal, la manifiesta por su utilización libre.” (p. 191)

De igual forma, la Escritura nos muestra que no es en base a mérito alguno la elección de Dios al formar un pueblo, sino por su gran amor. Deuteronomio 7:6-8 “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto.”

Aun cuando muchos estudiosos fechan la consolidación del pueblo de Dios hasta la experiencia libertadora ocurrida en el éxodo de Egipto, no se debe perder de vista que es en Génesis en donde Dios ha una promesa y un pacto con Abraham para la formación de Israel a través de su descendencia. El concepto de “pueblo” en la teología del Éxodo (como en otras investigaciones se verá) está estrechamente relacionado con la experiencia de liberación y el desarrollo de la Ley, mientras que en la teología de Génesis, es la gracia en la elección de Abraham para multiplicar su descendencia, bendecirle, y hacer de ellos Su pueblo.

Como señala Imschoot, “Israel es objeto de ella (la elección divina) desde el día en que Yavé ha separado a Abrahán de su tierra y de su familia, para hacer de él una gran nación y una fuente de bendiciones para todas las familias de la tierra (Génesis 12:1-3) y para dar a su posteridad la tierra de Canaán (Génesis 12:1, 13:14-17, 24:7, 28:13-14)… De hecho, el Dios de Abrahán, Isaac y de Jacob, haya o no haya sido invocado con el nombre de Yavé, era, en tiempo de los patriarcas, el Dios protector de la familia y del clan, como, después de la unión de las tribus en un solo pueblo, Yavé fue el Dios de Israel. ” (pp. 322, 323).

Sin embargo, para Jacob, el nombre Israel para designar ya al pueblo de Dios (aun cuando el escritor sea Moisés) unido en cuanto a su concepción de Dios: “Los términos mediante los cuales Israel se designa a sí mismo, expresan, cada uno a su manera, la elección divina. El nombre de Israel mismo es probablemente desde su origen el de un grupo de tribus unidas por un lazo religioso y cultual…En el capítulo 32 del Génesis, el nombre es interpretado como “aquél que lucha con Dios”, y el objeto del relato es hacer llegar este nombre colectivo al antecesor mismo de las doce tribus.” (pp. 193, 194). Es así como desde el primer libro comienza a gestarse la idea de una comunidad. A lo largo de las Escrituras, la relación personal entre Dios y los hombres se ve envuelta en el sentido de la comunidad o del “pueblo”. Aun si es desde sus orígenes menos estructurados (clan) o si es en comunidades mejor organizadas, la idea de la comunidad corre a lo largo de la Palabra de Dios. “Israel, por tanto, participa del sentido comunitario típico de una cultura nómada, como correspondía a la forma de vida de las tribus itinerantes de sus primeros tiempos. Por esta razón el individuo en Israel sólo puede concebir su existencia como miembro de su tribu, desconociendo la posibilidad de una vida fuera de ese círculo.” (Eichrodt pag. 240)

CONCLUSIÓN

Desde el libro de Génesis encontramos ideas teológicas que corren a lo largo de toda la Escritura. Dios como Creador de todo se revela a sí mismo desde el principio del tiempo y de las cosas, pero con un carácter diferente a todas las concepciones teológicas contemporáneas. Él es Soberano de su creación y no producto o parte de ella.

De igual manera, la concepción bíblica del hombre, aún a pesar de la caída, es la de criatura hecha a la imagen de Dios. Su dignidad le permite enseñorearse de la creación visible, narrado así desde Génesis. Es un ser integral, formado por una parte material y otra inmaterial, y encuentra su propósito de vida en su relación positiva con el Creador.

La idea de comunidad surge también en Génesis. Abraham ha de ser cabeza del pueblo mediante el cual Dios ha de invitar a los demás pueblos a una relación con Él. Israel, aún en su estado primigenio de tribu o clan, es ya pueblo de Dios mediante su soberana elección y amor.

Así pues, estos 3 conceptos teológicos importantísimos, se dejan ver con claridad desde el Génesis. Se establecen como una base sólida sobre la cual la vida del creyente ha de fundamentarse. Errar en las concepciones de Génesis de cualquiera de los puntos tratados en este brevísimo trabajo, ha de resultar en una falsa reflexión acerca de Dios o su creación, una falsa idea del hombre y su dignidad, y una falsa definición del sentido comunitario que Dios diseñó desde tiempos remotos.

II. JEHOVÁ EL REDENTOR (JEHOVÁ Y EL ÉXODO)

INTRODUCCIÓN

“Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.” (Éxodo 2:23-25)

Dios es un Dios cercano. Aun cuando desde las primeras páginas de la Escritura, reconocemos a un Dios trascendente (que está “más allá” y que no se confunde o se mezcla con su creación, como sugieren las ideas panteístas) también lo encontramos como un Dios inmanente, cercano y personal al ser humano y a todo lo creado. Dios no es indiferente a nuestra historia. Él es un Dios cercano y que ha decidido revelarse a sí mismo, a fin de establecer una relación con la humanidad.

Esto es claramente presentado en el libro de Éxodo. Ante la aflicción de Su Pueblo, Dios no se queda con los brazos cruzados, sino que actúa poderosamente a favor de ellos. Una y otra vez, Dios invita a Faraón a dar libertad a Israel, preso de la esclavitud y los maltratos. Sin embargo, el corazón de faraón (muy al estilo del corazón nuestro) se endurece y se revela ante la voluntad del Dios verdadero. Es pues necesaria la intervención de Jehová para liberar a su pueblo.  Pareciera un evento que nos recuerda que sólo en Dios se encuentra la verdadera libertad, y sólo Él es capaz de regalarla al ser humano. Bajo el yugo de Faraón sólo se encuentra opresión, sufrimiento y vejación. Es pues Éxodo una “sombra” que muestra lo que Dios puede hacer, no sólo históricamente con Su Pueblo Israel, sino con el corazón de todo aquél que decida encontrar su verdadera libertad en Él.

Sirva pues este brevísimo documento como estudio del Dios Redentor, claramente revelado en la acción libertadora del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

JEHOVÁ EL REDENTOR

La liberación en el Éxodo, se presenta como un hecho histórico, ligado al cumplimiento de una promesa hecha (Éxodo 3:6 y ss). Dios ha deseado establecer a un pueblo para sí; ahora, ante la esclavitud y la opresión, Dios ha de redimir a ese pueblo que le pertenece. Nuevamente Dios se muestra Fiel en sus promesas hechas con anterioridad al evento del Éxodo, pues lo prometido a Abraham (Génesis 12) ha devenido en el correr de la historia, y ahora presenta un cuadro en el cual, el pueblo requiere experimentar el poder libertador de Jehová. Las páginas del Éxodo nos narran la intervención de Jehová el Redentor de Israel.

La liberación en Egipto, se convierte para Israel en su creencia fundamental (Éxodo 20, Oseas 13, Ezequiel 20, Salmos 81 y otros). Pasó de ser un grupo de personas organizadas en situaciones tribales, a un pueblo cuya vida en totalidad ha de depender de las directrices divinas. (Schmidt, p. 29)

Himnos como el presentado en Éxodo 15 (“Cantad a Yahvé, sublime es su victoria; caballos y carros ha arrojado en el mar”) dan cuenta de la tradición de la fe veterotestamentaria en el Dios Redentor. Diría Schmidt, “se reclama intervenciones de Dios en la historia y reconoce al Dios que libra de los peligros” (p. 29)

Se debe reconocer la trascendencia del evento redentor de Jehová, pues ha de arraigarse profundamente en el corazón del pueblo de Israel. No sería aventurado decir, que aún la misma Ley en Sinaí descansa en el fundamento de la acción redentora de Dios: Éxodo 20:2  “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”. ¡El mismo “prólogo” de los decretos de Jehová para Su Pueblo, encuentran su origen en el Éxodo! Si Israel ha de expresar una fe monoteísta, y vivir conforme a los estatutos, decretos, mandamientos y leyes que Jehová les ha dado, es a razón de la experiencia salvífica y redentora que han experimentado a través de la Pascua.

Aún más allá: el evento redentor moldea también la actividad litúrgica y cúltica en Israel. Diversos Salmos expresan con viveza la experiencia libertadora de Dios (Salmos 136:10-15 “Al que hirió a Egipto en sus primogénitos, Porque para siempre es su misericordia. Al que sacó a Israel de en medio de ellos, Porque para siempre es su misericordia. Con mano fuerte, y brazo extendido, Porque para siempre es su misericordia. Al que dividió el Mar Rojo en partes, Porque para siempre es su misericordia; E hizo pasar a Israel por en medio de él, Porque para siempre es su misericordia; Y arrojó a Faraón y a su ejército en el Mar Rojo, Porque para siempre es su misericordia.”)

La actividad profética en Israel también tenía por centro la experiencia del Dios Redentor, como en Jeremías 11:3  “Y les dirás tú: Así dijo Jehová Dios de Israel: Maldito el varón que no obedeciere las palabras de este pacto, el cual mandé a vuestros padres el día que los saqué de la tierra de Egipto, del horno de hierro, diciéndoles: Oíd mi voz, y cumplid mis palabras, conforme a todo lo que os mando; y me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios; para que confirme el juramento que hice a vuestros padres, que les daría la tierra que fluye leche y miel, como en este día. Y respondí y dije: Amén, oh Jehová. Y Jehová me dijo: Pregona todas estas palabras en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, diciendo: Oíd las palabras de este pacto, y ponedlas por obra. Porque solemnemente protesté a vuestros padres el día que les hice subir de la tierra de Egipto, amonestándoles desde temprano y sin cesar hasta el día de hoy, diciendo: Oíd mi voz.” o en Ezequiel 20:5-7 “y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: El día que escogí a Israel, y que alcé mi mano para jurar a la descendencia de la casa de Jacob, cuando me di a conocer a ellos en la tierra de Egipto, cuando alcé mi mano y les juré diciendo: Yo soy Jehová vuestro Dios; aquel día que les alcé mi mano, jurando así que los sacaría de la tierra de Egipto a la tierra que les había provisto, que fluye leche y miel, la cual es la más hermosa de todas las tierras; entonces les dije: Cada uno eche de sí las abominaciones de delante de sus ojos, y no os contaminéis con los ídolos de Egipto. Yo soy Jehová vuestro Dios.” o en Oseas 13:14 “Mas yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; no conocerás pues otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí.”

Así pues, el Éxodo presenta al Dios Redentor, y ello forma parte esencial e imprescindible de la fe en Israel en toda su historia. No es aventurado decir que el corazón mismo de la fe israelita, encuentra su punto de partida en la experiencia redentora de Jehová a favor suyo.

Con toda razón Robert Cate dice: “Una lectura cuidadosa del Antiguo Testamento, muestra que el énfasis principal de Israel respecto al poder de Dios se halla en la experiencia del Éxodo…En casi todos los libros hay alusiones constantes a su poder libertador” (p. 78)

JEHOVÁ EN EL ÉXODO

La intervención de Dios a favor de su pueblo queda registrada en el libro del Éxodo. Con brazo fuerte y poderoso Él ha de sacar a Israel de Egipto. No fue una idea. No fue una filosofía. No fue un hombre o un caudillo o un héroe. ¡Fue Dios mismo actuando a favor de Su Pueblo! Ante la negativa de Faraón de dar libertad a los israelitas, Dios actúa. Vez tras vez la invitación de Dios, a través de Moisés, se hace saber al corazón obstinado y endurecido de Faraón: Deja salir a mi pueblo.

Dios es vivo y real en la historia. Él es diferente a todos los otros “dioses” del mundo pagano. Él interviene de forma directa en el episodio del Éxodo. Él es quien liberta. Nadie más. Cate dice: “Ningún otro pueblo del mundo antiguo jamás escribió con tanta candidez su propia historia. Otras naciones buscaban encontrar sus cimientos en algún siglo de oro del pasado. Israel se remontaba a los actos poderosos de un Dios soberano que los libró del ejército egipcio y los condujo sano y salvo a través de un desierto hostil.” (p. 78)

Mucha literatura ha estudiado a profundidad cada una de las plagas, y dejan ver la supremacía de Jehová delante de las falsas deidades egipcias que controlaban toda la vida de aquella fértil región alrededor del Nilo. Scroggie comenta: “la primera contra el Nilo, su río ídolo; la segunda contra la rana sagrada; la tercera contra Seb, la diosa tierra; la cuarta contra Scarabeus, el escarabajo sagrado; la quinta contra Apis, el toro sagrado; la sexta contra Tifón, las cenizas de las víctimas que eran arrojadas a los vientos; la séptima contra todos los dioses, que revelaban su impotencia para proteger la tierra, el aire, la propiedad o la persona; la octava contra Shu, la atmósfera; la novena contra Ra, el dios sol.” (p. 166)

Es pues este doble testimonio divino el que se encuentra, primeramente, en la actividad de Jehová en la liberación. Por una parte a de demostrar a Egipto la soberanía de Jehová el Dios de Israel (Éxodo 7:5 “Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová, cuando extienda mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos”); por otra, ha de demostrárselo también a su propio pueblo (Éxodo 10:2  “…y para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto, y mis señales que hice entre ellos; para que sepáis que yo soy Jehová).

De igual forma, encontramos a Dios enseñando y mostrando a Su Pueblo como ha de vivir agradándole y sirviéndole. Este es uno de los propósitos del acto liberador. Dios ha formado un pueblo desde Abraham; lo ha multiplicado a través de su descendencia. Ahora, lo ha rescatado de la esclavitud de Egipto, pero lo ha hecho con el firme propósito de que dicho pueblo suyo, viva agradándole a Él y caminando conforme a su voluntad. Dios ha libertado a Su Pueblo para adorarle y para servirle (Éxodo 7:16  “…y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto.”) Esto es claramente demostrado en Sinaí (Éxodo 20). Dios habla a Su Pueblo dándole sus ordenanzas para ser cumplidas. La redención divina no carece de propósito. Su pueblo ha de vivir de la manera en que a su Redentor le agrade.

Finalmente, se debe considerar que el acto redentor de Jehová obedece sólo a su divino amor. No precede a mérito alguno de la persona o nación rescatada. No precede a ningun acto de justicia que “intercambie” el favor de la liberación de Dios. Si Dios liberta es sólo por Su Gracia y Su Bondad. Aquellos que son redimidos por Dios, han de recordarlo siempre. De igual manera, el vivir conforme a la voluntad de Dios (es decir, conforme a sus propósitos para los cuales Él ha rescatado) ha de garantizar la presencia de su misericordia y su favor.

Deuteronomio 7:7-9  “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto. Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones.”

CONCLUSIÓN

Dios es un Dios cercano. Ante las situaciones adversas u opresivas que puedan llegar a desafiar al ser humano, debe recordarse la presencia del Dios Redentor.

Éxodo nos exhorta a nunca olvidar verdades fundamentales. La verdad del Único y Verdadero Dios que obra a favor de su pueblo en situación de adversidad. La verdad de su Soberanía y Poder frente a los falsos dioses que “Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas.” (Salmos 135:16-17). La verdad de que su testimonio sigue vigente hoy en día para cualquier persona que busque con corazón sincero (Jeremías 29:13). La verdad de que su obra redentora no se basa en méritos del ser humano, sino en su fidelidad, amor y misericordia. La verdad del propósito de la redención: amarle y servirle con un corazón agradecido.

III. JEHOVÁ Y LA MONARQUÍA

INTRODUCCIÓN

“Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, y tomes posesión de ella y la habites, y digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están en mis alrededores; ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás.” Deuteronomio 17:14-15a 

En los primeros días de la naciente nación que ha sido redimida de Egipto, ya existe la idea del establecimiento de un rey sobre el pueblo de Israel. Dios no ignora nada. Dios conoce todo. Desde esos primeros albores de la nación israelita, que han sido rescatadas y ahora están siendo instruidas por la Ley dada a Moisés, ya prefigura el tiempo de la monarquía.

Se reconoce a la época monárquica en Israel como la “edad dorada” de la nación. Muy probablemente no ha existido mayor esplendor del pueblo de Dios, que el comprendido bajo la primera etapa de los reyes en Israel. Llegaron a su mayor grado de riqueza y opulencia. Alcanzaron su mayor extensión territorial. La fama de algunos reyes israelitas superaba barreras geográficas e ideológicas. Fue una época de plenitud y esplendor.

Sin embargo, cada integrante del pueblo, desde el súbdito o esclavo, hasta el rey mismo, reconocían que sólo existía Un Rey sobre toda la Tierra: Jehová su Dios. Él era (y es) el Rey Eterno. Todos los reyes de la tierra se doblegaban ante su Señorío. Pero la figura real fue representando poco a poco, este “estado ideal” de cosas que se vivió en la época. Cuando las cosas tomaron un rumbo distinto (debido a la desobediencia humana), poco a poco fue gestándose la idea del “Rey” que reestablecería las promesas hechas a Israel y consolidaría el reinado divino y perfecto.

UN POCO DE HISTORIA

Israel, a lo largo de su historia, ha desarrollado una “Teocracia” en su forma de gobierno. Es decir, todo asunto de la vida se ha de observar y definir de acuerdo a su filiación como “pueblo escogido” de Dios. Dios es el Soberano de Su Pueblo. Él manda en todo asunto. No hay aspecto de la vida cotidiana que no tenga un sentido teológico. Asuntos civiles, asuntos militares, asuntos sociales, asuntos comerciales, todos, han de llevarse a cabo bajo la instrucción que ha sido dada por Dios. En el más amplio sentido de la palabra, Israel es un estado Teocrático.

Hasta ése momento, grandes figuras como Moisés y Josué (s. XV a.C. aprox.) habían dirigido, bajo la dirección de Jehová, los asuntos relacionados al gobierno del pueblo. Aún en tiempos mosaicos, ya había jueces que contribuían a la buena convivencia de las 12 tribus (Éxodo 18). Luego de ello la historia presenta la era de los Jueces (s. XII a.C. aprox.), personajes “tomados por el Espíritu de Dios” (3:10, 6:34, 11:29, 14:6, etc.) que hacían frente a la opresión continua de los pueblos vecinos. En este mismo período Gedeón, juez, rechazó las pretensiones de convertirse en rey, pues “Jehová señoreará sobre vosotros” (Jueces 8:22-23). Sin embargo su hijo Abimelec, mediante matanza y persuasión, logró convencer a los hombres de Siquem para que lo nombraran “rey”. Su ambición duró muy poco tiempo y su reinado terminó tan mal como comenzó (Jueces 9).

Sin embargo, el deseo del pueblo de evolucionar en su organización estatal, da origen al avance en la forma de gobierno también. El capítulo 8 del primer libro de Samuel, puede ser propiamente visto como el que marca la transición hacia la monarquía israelita: “y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. (vv. 5 y 6)

Ese mismo capítulo contiene información detallada de lo que implica para una nación, el establecimiento de una monarquía. El pago de tributos, la obligatoriedad del servicio militar, el alto costo de mantener una casa real, y varias cosas más que son descritas en éste capítulo, dan detalle de los ajustes necesarios que el pueblo habría de sufrir al pretender el establecimiento de su monarca. Dios declara que ha sido “desechado” por Su Pueblo, pues, a diferencia de los reyes y soberanos de otras naciones, Dios no ha sacado provecho de Su pueblo, al contrario, le ha bendecido y guardado.

La monarquía israelita, empuja a la evolución del Estado de Israel, durante el principio de la llamada “Edad de Hierro” (1200 – 1000 a.C.) (Drane, p. 91). Sin lugar a dudas, Saúl, David y Salomón, reyes de la denominada “Monarquía Unida” o “Reino Unido” son los monarcas más conocidos y estudiados. Tras la división del reino (930 a.C. aprox.) en Reino del Norte y Reino del Sur, comienza la decadencia del período monárquico. El Reino del Norte finalmente sucumbe ante Asiria, alrededor del año 722 a.C., mientras que el Reino del Sur cae frente a Babilonia, alrededor del año 586 a.C., dando así fin a la época de la monarquía en Israel.

UNGIDOS DE YAHVEH

En cuanto a los asuntos teológicos durante la época de la monarquía, se pueden resaltar varios. El primero de ellos en importancia puede ser la utilización del término “Ungir” o “Ungido” (“Mashiach”  משיח). Dicho término designa a la acción de designar a una persona para una tarea especial (Nuevo Diccionario de la Biblia de Alfonso Lockward) ya sea para efectos sacerdotales (Éxodo 28:41) o, en el caso que se estudia en el presente trabajo, para efectos de gobierno (1ero. de Samuel 9:16)

Considerar que la figura del Rey fuera “ungido” por los profetas, era reconocer que la autoridad de la cual ellos disponían y gozaban era conferida y no propia, es decir, ésta autoridad había provenido del Rey Jehová. Así, su actuar como gobernante sobre el pueblo, debía de ser determinado por las indicaciones mismas de Dios, y no por sus deseos personales o ambiciones mezquinas.

Los reyes o “ungidos de Yahveh” han de ser garantes de las víctimas de injusticias, deben ser los primeros protectores de los oprimidos, deben ser celosos guardianes del derecho y de la rectitud, y a su cuidado están amparados particularmente los pobres, desamparados, desvalidos y menesterosos. (Von Rad, p. 399)

Von Rad da una apreciación interesante en la que ahora Dios actúa en la vida de sus “Ungidos”. Si en épocas anteriores Él se manifestaba de formas milagrosas y sobrenaturales en la vida de su pueblo (y a través de sus ungidos), ahora pareciera que es Su Divina Providencia la que guarda a su pueblo Israel, y particularmente al Rey sobre quien Él ha prometido “edificarle casa”. El autor lo dice de la siguiente manera: “Este modo de ver la historia representa el comienzo de una concepción totalmente nueva de la actuación histórica de Yahveh. Para el antiguo narrador, su actividad se manifiesta sobre todo en los milagros, el carisma de un caudillo, las catástrofes u otras significativas muestras de su poder; pero sobre todo estaba ligada a las instituciones sagradas (guerra santa, arca, etc.). Ahora todo ha cambiado. El milagro no aparece por ninguna parte ni existe en los sucesos algún lugar sagrado, algo así como un centro sacro, de donde surjan los grandes impulsos de la historia…La actividad de Yahveh abarca todos los acontecimientos ; no se manifiesta de manera intermitente en prodigios sagrados; está del todo oculta a la mirada natural del hombre. Pero penetra por completo todos los sectores de la realidad, públicos y privados, religiosos y profanos. El campo especial donde ejerce este gobierno de la historia es, sin embargo, el corazón del hombre, cuyos impulsos y resoluciones pone Yahveh soberanamente al servicio de su designio histórico.” (pp. 392, 393)

Para Kaiser, en la época monárquica encontramos “figuras”, en donde Saúl representa al gobernador rechazado, David al gobernador prometido y ungido (pp. 183-189), sin embargo, se encuentra en la época monárquica la promesa de un Rey proveniente del linaje davídico, con características que claramente no corresponden al de ser humano alguno, y que viviría en completa concordancia con los designios divinos, siendo el Rey Perfecto y Eterno de la “casa” de David.

EL UNGIDO DE YAHVEH

Es en la época de la monarquía en donde nace la idea del “Ungido de Yahveh”, que siglos más tarde ha de dar lugar a la esperanza mesiánica del Rey Ideal proveniente del linaje de David. (Von Rad, p. 386)

La promesa surge de las palabras que Dios da al Rey David a través del profeta Natán, registradas en el 2do. libro de Samuel, capítulo 7: “Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo.”

Es cierto que estas palabras tienen un doble cumplimiento, ya que Salomón “hijo de entrañas” de David, edificó la “casa” de Dios, es decir, el Templo en Jerusalén. Sin embargo, el “afirmar su trono para siempre” (cuando históricamente el Reino fue dividido y finalmente invadido por imperios extranjeros), el que Dios le llame “Hijo”, y que su reinado sea designado con el adjetivo “eterno”, dan luces claras de que Aquél “Ungido de Jehová” sería siglos más tarde Jesús de Nazaret.

Como apunta Von Rad: “El contenido de la promesa divina, transmitida de esta manera –más tarde se habría de llamar “misericordias de David” (Salmo 21, 8, 89, 25, 29, 34; Isaías 55:3) consiste en “edificar una casa” a David, asegurar su reinado sobre Israel y ofrecerle relaciones filiales: Yahveh quiere ser Padre del Ungido, éste será su Hijo.” (p. 386)

Incluso literatura de la época de la monarquía, como el Salmo 2, o el Salmo 110, dan cuenta de los designios divinos de exaltar eternamente a su “Ungido”, a su “Hijo”. Así pues, los “Ungidos de Yahveh” apuntan en profecía al Perfecto Rey, al Perfecto “Ungido de Yahveh” que traerá salvación a toda la humanidad.

CONCLUSIÓN

La monarquía en Israel es la era dorada de su historia, siendo David, el prototipo de Aquél Rey venidero que habría de reinar eternamente y para siempre. La historia de los reyes en Israel muestra a un Dios Soberano y Rey, que, a pesar de nuestras fallas y defectos, ha de llevar a buen término sus promesas y designios. Dios es Soberano en la historia, y de la “casa” de David trajo al Rey de salvación para todas las naciones.

Así como la historia del pueblo de Dios alcanza su máximo esplendor en la época del Reino Unificado, así también el Rey Eterno ha de dar plenitud y sentido a toda la humanidad cuando establezca su Reino en su Segunda Venida.

 

IV. JEHOVÁ Y LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS

INTRODUCCIÓN

El plan de Dios en la Escritura, es un Plan Redentor. Así lo atestiguan las primeras indicaciones en Génesis y el llamado “protoevangelio” (Génesis 3:15  “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”); así lo confirma el evento del Éxodo y la introducción al Decálogo (Éxodo 20:2 “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.”); así lo prefigura la monarquía en su época dorada del Reino de Israel (2do. de Samuel 7:16  “Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.”) Aún en la desolación del exilio, la actividad profética alzaba su voz acerca de la Salvación que Jehová efectuaría a favor de su pueblo.

Este Plan Redentor, fue apuntando con mayor precisión a Uno. Uno que habría de venir a traer salvación no sólo a Israel sino a todas las naciones. Un “Ungido” o “Mesías”. Profeta tras profeta hablaron de la esperanza futura de la salvación de Jehová. El papel mesiánico cada vez cobraba mayor importancia.

Si se habla del Plan de Redención, se está hablando del mismo corazón de Dios que encuentra su expresión en cada página del Antiguo Testamento. Dios es el Libertador. Dios es el Redentor. Y el Mesías, había de ser Aquél que daría plenitud al Plan Redentor.

La historia de Israel es una con sus propias profecías y cumplimientos. Sin embargo, de forma paralela, y a la luz de la llegada del Mesías, se puede reconocer que gran parte de la actividad profética en Israel, tenía un cumplimiento mayor y más amplio que el de su vida nacional. El Mesías no sólo habría de traer salvación a Israel, sino a toda la humanidad.

Isaías 49:5-7 “Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza); dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra. Así ha dicho Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos: Verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió.”

JEHOVÁ Y LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS

A la luz de la revelación en Cristo, todo el Antiguo Testamento contiene elementos que apuntan a la salvación que Dios traerá a través del Mesías. No es novedad que el mismo apóstol Pedro, en sus discursos en Jerusalén (capítulos 2 y 3 del libro de los Hechos de los Apóstoles) haga continuas referencias a escritos incluso de la Ley misma, para anunciar el mensaje del evangelio al pueblo judío reunido con motivo de la fiesta de Pentecostés. Pedro, entre muchos otros pasajes de profetas en el Antiguo Testamento, cita los escritos mosaicos de Deuteronomio 18:15-19, Génesis 12:3, Génesis 28:14, como profecías que fueron cumplidas en la persona de Jesús de Nazaret, como el Mesías esperado.

Sin embargo, y como señala Kaiser en su libro “Hacia una teología del Antiguo Testamento”, la actividad profética tuvo un auge importante en el s. XVII a.C., en donde Amós, Oseas, Jonás, Miqueas e Isaías, exhortaban a la nación (ahora dividida en Norte y Sur) a volverse a Jehová y abandonar sus malas prácticas, tanto sociales y morales, como religiosas e idolátricas. Es ahí donde la figura del “Siervo de la Promesa” comienza a cobrar un papel principal en la esperanza escatológica para Israel, y para todas las naciones (p. 241)

Para Eichrodt, a lo largo de Antiguo Testamento, corre la idea de la salvación, sin embargo, esta misma idea va cobrando 2 sentidos complementarios en su cumplimiento: uno “militar” y uno “pacifista”; uno “natural” y otro “sobrenatural”; uno de un “rey” y otro de un “eterno Rey”; una “salvación nacional” y otra “salvación para todas las naciones”. Eichrodt dice: “En la época de los Jueces y en la primera de los Reyes nos encontramos con dos tipos de esperanza de salvación: una militar, que se encuentra en los llamados oráculos de Balaán, y otra pacifista, que tenemos en la bendición de Jacob a Judá. Si en la primera la felicidad paradisíaca de Israel se dibuja con colores escatológicos y la fuerza militar del pueblo y de su Dios (o del príncipe enviado por Dios) es base y garantía de la paz dorada, en la segunda el reino de paz del salvador que aparecerá al final de la cadena de príncipes judíos está en abierta oposición con el ascenso de Judá a la soberanía por medio de la guerra. Aparte de esta diferencia fundamental, reforzada además por el dominio más o menos grande que en cada caso abarca el reino (en la primera se trata sólo de Israel, mientras que en la segunda también las naciones participan del estado de salvación), existe una notable coincidencia en creer que la meta final del gobierno divino será la vuelta al paraíso y que aparecerá un príncipe sobrenatural.” (p. 432)

Así, la figura de este “Príncipe Sobrenatural” cobra mayor relevancia en la labor profética de los últimos años de la monarquía, no sin estar presente en épocas anteriores. El “Siervo de Jehová” ha de ser Aquél que lleve a su cabal cumplimiento el gobierno divino no sólo para la nación israelita, sino para toda la Creación, pues ha de llevar todo nuevamente al cumplimiento de la voluntad de Dios.

Este “Siervo de Jehová”, es el Rey Ideal que ha de reinar eternamente. En David, este Rey Mesías encuentra su linaje (De Isaí, de Judá). La “casa de David” es el escenario que dará lugar al Mesías del cual, profetas posteriores anunciarán su próxima llegada. 2do. de Samuel 7:13-14ª, 16 “El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo…Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.”

Aun en la literatura sapiencial y en los Salmos, la idea del Rey Ideal está presente. Los conocidos como “Salmos Mesiánicos” dan cuenta de ello. Algunos son: Salmos 2, 22, 40, 41,45, 110, 118.

Sin embargo, es conocida la historia, tanto de la división del reino, como su ruina. Alrededor del año 930 a.C. el reino es dividido en Norte (llamado también “Israel” o “Efraín”) y Sur (llamado también “Judá”). En el 722 a.C. el Reino del Norte es conquistado por Asiria, mientras que en el 586 a.C. el Reino del Sur es conquistado por Babilonia. Es en este escenario de decaimiento de la edad dorada de la monarquía unida, en que aparecen los profetas anunciando la venida del Rey Ideal, el cual restauraría no sólo la situación de Israel, sino traería salvación a todas las naciones. La idea del reinado de Dios está estrechamente relacionada con el surgimiento de la idea del Mesías. El corazón del primero es el que le da vida al segundo. El Mesías es quien trae el Reino de Dios. Eichrodt señala esto y algunas otras cosas muy interesantes cuando escribe, “esta subordinación de todos y cada uno de los rasgos concretos a la idea de la consumación del reinado de Dios se traduce de forma especialmente impresionante en la figura del rey salvador: en ciertos profetas no aparece en absoluto y en otros queda enormemente oscurecida por la intervención personal de Dios. Pero aun en los casos en que ocupa un lugar importante en la imagen del futuro se ve sometida a serios cambios. Entre las tareas que se habían asignado al salvador de los tiempos últimos por esta su vinculación con el ideal del rey se sigue manteniendo la de su actividad moral y social, la de su justo juicio sobre todos los pecadores dentro de su propio pueblo y su auxilio a todos los oprimidos y poco favorecidos socialmente. Pero al mismo tiempo esa tarea se comprende ahora en un plano superior, al acentuarse su labor de mediador, que permite al pueblo y a cada individuo dentro de él una justicia perfecta, asegurando con ello a cada individuo una nueva relación de alianza y paz entre él y su Dios. Esta función de mediación se basa en la expiación voluntaria a través del sufrimiento hasta la entrega de la propia vida y en la superación y conversión interior del pecador, al aceptar en la fe la intercesión por ella conseguida; la perfecta comunión con Dios de los fieles dentro de la historia queda así liberada definitivamente de toda concepción mágico-materialista y afirmada, en el sentido más pleno, como una relación personal entre Dios y el hombre.” (p. 441)

Así pues, los profetas anuncian no sólo la llegada de un “Ungido” más dentro de la línea real, sino el advenimiento del Mesías escatológico que ha de dar cumplimiento eterno a la voluntad divina para toda la humanidad (y toda la Creación). Comenzando con el profeta Amós, Jehová prometa restaurar la promesa hecha a David de que su “casa” (dinastía) habría de reinar eternamente, no sólo sobre Israel, sino sobre todas las naciones: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto.” (Amós 9:11-12) Santiago considera que la salvación no sólo a judíos sino también a gentiles, demuestra el cumplimiento de esta profecía mesiánica del profeta Amós, en la persona de Jesucristo (Hechos 15:16).

Continuando con el profeta Oseas, Kaiser señala que la idea teológica central es la del “amor libre” de Dios hacia Israel (p. 247). La experiencia del profeta al vivir el matrimonio con una mujer adúltera, refleja la situación espiritual del pueblo de Dios en la época en la que profetiza: el pueblo se ha alejado de Dios, se ha “prostituido” con otros dioses, le ha sido infiel a Jehová. Sin embargo, Jehová continúa amando a su pueblo. Después del tiempo de tribulación, Israel volverá a Dios: Oseas 3:5 “Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días.” Nuevamente aparece la promesa davídica en la labor profética del cumplimiento mesiánico.

Jonás es el profeta que muestra “la extensión de la gracia de Dios a los gentiles” (Kaiser, p. 250) puesto que Jehová busca el arrepentimiento y la salvación de Nínive, la capital asiria, a pesar de la negligencia del profeta.

De igual forma el profeta Miqueas, hace extensiva la salvación a todas las naciones: “Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.” (4:2) y aún más, profetiza el lugar de donde vendría el Señor de la salvación, un Señor que habita en la Eternidad: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” (5:2)

Sin embargo, si existe un profeta que claramente se distingue por sus escritos mesiánicos, ese es el profeta Isaías. Kaiser se aventura a llamarlo el “teólogo de los teólogos” pues “Isaías sobresale en su uso de la previa teología de la promesa abrahámica-mosaica-davídica y en sus nuevas contribuciones y desarrollo de esa doctrina.” (p. 256)  Es Isaías el que más contenido presenta de la figura mesiánica. Comienza con el capítulo 4 en donde habla acerca del “renuevo de Jehová” (v. 2) y su labor como salvación y refugio para el remanente de Israel. Continuando con el capítulo 7 al 9, Isaías declara el nacimiento virginal de “un niño” como señal, siendo “Emanuel” (Dios con nosotros) su nombre (7:14), y siendo su reinado un reinado que no tendría fin (9:6). Más adelante Isaías 28:16 declara: “Por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure.” pasaje del cual el apóstol Pedro halla su cumplimiento en Jesucristo (1era. de Pedro 2:6). Los capítulos 42 al 57 fijan su atención en el “Siervo del Señor”. Probablemente sea una de las secciones veterotestamentarias con mayor peso mesiánico, pues contienen los 4 grandes “cánticos del Siervo de Jehová” (42:1-7, 49:1-6, 50:4-9 y 52:13-53:12) los cuales hablan de su ministerio, de la extensión salvadora hacia los gentiles y de los sufrimientos y muerte del Mesías, a causa de las rebeliones y pecados.

Ya en tiempos posteriores (en el regreso del exilio) el profeta Zacarías también aporta a la labor profética mesiánica (9:9, 11:12, 12:10, y 13:7)

CONCLUSIÓN

Los primeros creyentes en Jesús, entendieron al Antiguo Testamento plagado de profecías mesiánicas que apuntaban con claridad a Jesús de Nazaret. Aun cuando dichos pasajes contenían elementos propios del contexto histórico del desarrollo de la nación de Israel cuando fueron escritos, el Espíritu Santo inspiró y reveló el cumplimiento de multitud de pasajes veterotestamentarios, en Jesucristo.

Las profecías mesiánicas son continuamente citadas en una gran cantidad de pasajes del Nuevo Testamento, y fueron pieza fundamental en la expansión del mensaje del evangelio en los círculos judíos de los albores del cristianismo.

Dios prometió a su Mesías. Dios cumplió su promesa enviando al Mesías. Dios cumplirá su promesa cuando el Mesías regrese.

V. JEHOVÁ Y EL DÍA DEL SEÑOR, Y LOS NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

INTRODUCCIÓN

Dios es el Dios de la historia. Dios es Soberano, y lo que Él ha determinado, llegará a su fiel cumplimiento. La perspectiva judeo-cristiana del devenir de la historia, está marcado por la plena confianza que los planes y designios de Dios, llegarán a su cabal cumplimiento.

Ante situaciones que parecen poner en tela de juicio la dirección de Dios en el devenir histórico de la raza humana, se levanta como estandarte la idea verterotestamentaria de “El Día de Jehová”, el cual consumará en plenitud lo que Él ha determinado.

Crisis, guerras, hambres, injusticias sociales, carestía, homicidios, anarquía, parecen empañar la esperanza del cumplimiento redentor de Dios. Sin embargo, el creyente reposa confiado en que, a pesar de las épocas difíciles que encara, Dios ejercerá su dominio y control absoluto en el fin de los tiempos.

Por otra parte, este Dios Soberano permite que se atestigüe su intervención en la historia. Comunidades y naciones, tanto como individuos, han experimentado el acercamiento divino en tiempo y espacio. La Biblia no es literatura ficticia. La Biblia es el registro de la intervención de Jehová en la historia de la humanidad. Los personajes son reales. Sus historias y sus geografías son verídicas. Y en Él se ha manifestado. Así pues, el hombre ha expresado con diferentes “nombres” cada una de las maneras en las que Dios ha actuado. Ya sea en provisión, ya sea en salud, ya sea en justicia, ya sea en liberación. Cada “nombre” de Dios ha tenido su origen en la poderosa experiencia divina en la vida de los hombres.

Sirva este brevísimo trabajo para presentar “El Día de Jehová” y “Los Nombres de Dios”, ideas firmes en la mente y corazón de los creyentes, quienes han experimentado, y experimentarán, al Dios vivo y verdadero.

JEHOVÁ Y EL DÍA DEL SEÑOR

Aunque el término de manera inicial refería a los juicios divinos que cayeron sobre Samaria en el 722 a.C. y sobre Jerusalén en el 586 a.C. (Nuevo Diccionario de la Biblia de Alfonso Lockward) los profetas llamaron “El Día de Jehová” en un sentido mucho más amplio al juicio divino y el consiguiente establecimiento del Perfecto Reinado de Dios sobre su pueblo y sobre todas las naciones. Es expresado como un día “terrible” (Isaías 13:9), y un día de “de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad” (Sofonías 1:14-18), un “día grande y espantoso” (Joel 2:31), un día “grande y terrible” (Malaquías 4:5). Todos estos tipos de expresiones demuestran la dimensión y la intensidad del momento en que Dios establezca Su Soberana Voluntad sobre todo y sobre todos. Dios hará distinción de los justos y los impíos.

Así pues, la expresión “El Día de Jehová” forma parte de los términos de la escatología Bíblica, y también se le encuentra en frases equivalentes como “el día” o “en aquel día”. El profeta Amós es el primero en utilizar la frase.

Este día, aunque lleno de intensidad, es el día que los justos esperan, pues ha de culminar el plan redentor de Dios, pues en este día “Jehová será la esperanza de su pueblo” (Joel 3:16). Sin embargo, esto no elude el juicio que Dios hará de Su Pueblo (Amós 5:18–20, Isaías 2:12s; Ezequiel 13:5; 14; Zacarías 14:1; Joel 1:15; Sofonías 1:7). El Señor, además de hacer juicio a su pueblo, lo hará también sobre las demás naciones: En Isaías 13: 6 el Señor declara que juzgará a Babilonia; en Jeremías 46:10 dice que lo hará con Egipto; en Abdías 15 enjuicia a Edom.

Aún los Salmos hablan con respecto al día en el que Jehová establecerá su Reino. El Rey Majestuoso que liberta a Israel y que ejerce su dominio sobre todas las naciones es Jehová (Salmos 93; 95-100).Toda esa majestad y soberanía verán su plenitud y cumplimiento en el “día de Jehová” (Salmos 9:8; 96:13; 98:9).

Algo digno de considerarse en el término en el uso de algunos profetas, es con respecto a que en el “día de Jehová”, “toda la tierra será llena del conocimiento de Jehová”. Pareciera ser una indicación de que la plenitud de la voluntad de Dios será efectuada. Israel y todas las naciones ya tenían, siguen teniendo, y tendrán, conocimiento del Dios de Israel, sin embargo, el cumplimiento de sus designios, hará realidad dicho conocimiento (Isaías 11:9; Habacuc 2:14; Zacarías 14:9).

En el Nuevo Testamento esta idea del “Día de Jehová” tiene su equivalente en la frase “el día de nuestro Señor Jesucristo” (1era. Corintios1:8; 2da. Corintios 1:14), es decir, a la Segunda Venida de Cristo (2da. Tesalonicenses 2:2) la cual vendrá “como ladrón en la noche” (1era. Tesalonicenses 5:2; 2da. Pedro 3:10). Los cristianos deben ser hallados “sinceros e irreprensibles para el día de Cristo” (Filipenses 1:10).

Al igual que la frase “el día de Jehová” del Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento permanecen la ira, el juicio y el castigo para los incrédulos que serán juzgados en este día (Mateo 10.15; Romanos 2:5, 6; 1era. Corintios 3:13; 2da. Pedro 3:7). De igual manera que Israel será juzgado según la teología veterotestamentaria aquellos quienes creen en Cristo, esto es la Iglesias, también serán juzgados (1era. Corintios 1:8), y será día de resurrección y recompensa (Mateo 16:27; Juan 6:39)

LOS NOMBRES DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Cada uno de los nombres de Dios, tiene una vinculación e indicación del carácter divino. Como se presenta en la introducción del presente trabajo, la intervención de Dios de manera particular en la vida del hombre da origen a las diversas formas de “nombrar” o referirse a Dios.

Se pueden clasificar los nombres divinos en tres grandes divisiones: nombres generales (o básicos), nombres del pacto (revelados a Moisés) y nombres específicos (variaciones de los anteriores).

Dentro de los nombres generales o básicos, encontramos “El” que significa el nombre de una deidad en general. Es aplicado en pasajes como Deuteronomio 5:9 para el Dios verdadero, o puede ser aplicado como en Deuteronomio 4: 28 para referirse a falsas deidades. Sus variantes “Eloah” o “Elah” tienen el mismo significado.

El nombre divino “Elohim” es también un nombre general que significa “la única y suprema deidad”. También puede significar “el Dios de la creación y la providencia”.  Su construcción gramatical se encuentra en plural, pero puede considerarse un singular que hace referencia al concepto majestuoso de la deidad. Es un plural de majestad en la deidad, más que un plural en el sentido de pluralidad de componentes, aunque algunos teólogos consideran que hace referencia a un “plural compuesto” en el hebreo, lo que da luces con respecto a la doctrina trinitaria.  Este nombre se encuentra en Génesis 1:1 y en Números 23:19.

Algunos nombres específicos (variaciones de estos nombres generales) son “El Elyon” (Dios Altísimo en Génesis 14: 18-22), “El Olam” (Dios Eterno en Génesis 21:33), “El Shaddai” (Dios Omnipotente en Génesis 17:1), “El Elohe Israel” (Dios el Dios de Israel en Génesis 33:20) o “El Gibbor” (Dios Fuerte en Isaías 9:6).

Otro de los nombres generales es “Adon” (singular) o “Adonai” (plural) significando “Señor” o “Amo” y encontrado en Éxodo 23:17 y Génesis 15: 2,8 y “Attiq Yomim” que significa “Anciano de Días” en Daniel 7:9.

Los nombres del pacto o (utilizados a partir de la experiencia redentora del Éxodo) tienen como su principal construcción gramatical el tetragramatón, es decir “YHWH”, o lo que posteriormente se tradujo como “Yahvéh” o “Jehová”.  Este podría definirse como el “nombre” particular que Dios le da a Moisés para establecer una relación con él y con el pueblo de Israel.  Se puede considerar como un “nombre propio” de Dios.  Como nombre propio, acerca a Dios en el sentido de “personalidad” a los hombres. Dios es un Dios relacional y personal. Dios mismo define que YHWH es su nombre para siempre en Éxodo 3:15.

Su significado en el hebreo contiene la idea de existencia propia, eterna, inmutable y absoluta.

Algunos nombres específicos (variaciones de los nombres del pacto) son “Jehová Jireh” (Jehová que provee en Génesis 22:8,14), “Jehová Nissi” (Jehová es mi bandera en Éxodo 17:15), “Jehová Shalom” (Jehová es paz en Jueces 6:24), “Jehová Tsidkenu” (Jehová justicia nuestra en Jeremías 23:6), “Jehová Shammah” (Jehová está allí en Ezequiel 48:35), “Jehová Sabaoth”  (Jehová de los ejércitos en 1ero. de Samuel 1:3).

También se encuentran en este mismo grupo “Jehová Elohe Israel” (Jehová Dios de Israel en Jueces 5:3) y “Jehová Elohim” (Jehová el Dios en Génesis 2:4). Algunos más de los nombres del pacto son “Kadosh Israel” (El Santo de Israel en Isaías 1:4), “Nesah Israel” (La Victoria de Israel en 1er. de Samuel 15:29).

CONCLUSIÓN

Jehová se ha revelado a sí mismo a la humanidad, por el puro beneplácito de su voluntad. Dicha revelación no ha sido sólo expresada en preceptos, mandamientos, decretos o estatutos. Dicha revelación se ha dado en acciones concretas y reales a través de los lugares y los tiempos que son descritos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

Dios no sólo es un Dios que habla. Él es un Dios que obra. No hay quien lo detenga en la consecución de sus planes, de sus dichos y de su proceder. Es ahí donde el hombre, al ser maravillado espectador de su revelación, expresa a través de “nombres” el poderoso actuar de Dios en Su historia. Aún estos nombres resultarán insuficientes para denotar lo que Dios es y lo que Dios hace. Es Dios pues quien guía el devenir de la historia, la cual ha de tener su capítulo final en el “día de Jehová”, en donde todo finalmente será sujeto al Hijo de Dios, quien entregará toda potestad a Su Padre (1era. Corintios 15:27-28), y donde los redimidos por Su Gracia, adoraremos por la eternidad “Al que está sentado en el trono, y al Cordero” (Apocalipsis 5:13)

CONCLUSIÓN

Con tristeza se ha de reconocer que el Antiguo Testamento es frecuentemente olvidado y poco anunciado en la vida contemporánea de la iglesia. Existe un desconocimiento generalizado tanto de personajes como de sucesos. Pareciera que los creyentes sólo quisieran conocer y disfrutar el Nuevo Testamento, ignorando que gran cantidad de pasajes neotestamentarios hacen referencias veterotestamentarias.

Pueda ser el deseo de todo creyente el disfrutar tanto de la lectura del Nuevo Testamento, como la del Antiguo Testamento, pues el descuido de alguna de las dos, mermaría de manera significativa el entendimiento de Dios y su revelación al hombre.

Los conceptos teológicos que corren a lo largo del Antiguo Testamento, son los que todo creyente legítimo ha de abrazar: la existencia y revelación de un Dios que dio origen y sentido a todo lo que existe; un Dios que, ante la caída humana, puso en marcha el plan para su redención; un Dios que es Rey Soberano y Eterno; un Dios que cumplirá Su voluntad en el “día” que Él así lo tenga ya determinado.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES ELECTRÓNICAS

Cate, R. (1989) Teología del Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones.

Drane, J. (2004) Introducción al Antiguo Testamento. Barcelona, España: Editorial Clíe.

Eichrodt, W. (1975) Teología del Antiguo Testamento I. Madrid, España: Ediciones Cristiandad.

Eichrodt, W. (1975) Teología del Antiguo Testamento II. Madrid, España: Ediciones Cristiandad.

Gelin, A. (1967) Las ideas fundamentales del Antiguo Testamento. Barcelona, España: Editorial Estela.

Hammond, T. C. (1978) Como Comprender la Doctrina Cristiana. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Certeza.

Imschoot, P. Van. (1966) Teología del Antiguo Testamento. Madrid, España: Ediciones Fax.

Jacob, E. (1969) Teología del Antiguo Testamento. Madrid, España: Ediciones Marova.

Kaiser, W.C. (2000) Hacia una Teología del Antiguo Testamento. Miami, Florida: Editorial Vida.

Leon-Dufour, Xavier (s/a) Vocabulario de Teología Bíblica; recuperado de Biblioteca Electrónica “E-Sword”

Lockward, Alfonso. (s/a) Nuevo Diccionario de la Biblia; recuperado de la Biblioteca Electrónica “E-Sword”

Nelson, Wilton M (s/a) Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia; recuperado de Biblioteca Electrónica “E-Sword”

Schmidt, W.H. (1983) Introducción al Antiguo Testamento. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.

Scroggie, W.G. (1984) El Encanto del Antiguo Testamento. Barcelona, España: Editorial Clíe.

Von Rad, G. (1982) Teología del Antiguo Testamento I. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.

(2007) Biblia de Estudio del Diario Vivir. Tennessee, USA: Editorial Grupo Nelson.

(s/a) (s/a) Nuevo Diccionario Bíblico Certeza; recuperado de la Biblioteca Electrónica “E-Sword”

.et-tags {display:none}

Anuncios

Un pensamiento en “Teología del Antiguo Testamento: Creación, Redención, Soberanía, Mesías y Juicio

  1. ¿Sabe Usted cuál es el sistema de gobierno más completo y lleno de posibilidades que existe para ponerle fin a las injusticias y al sufrimiento?. Pues verá. El conocimiento de este sistema era un secreto comprendido por unos pocos. Con el tiempo sus misterios se han ido develando, principalmente a aquellos que se desatan de las ligaduras esclavizantes de los ineficaces ritualismos religiosos. Este gran proyecto ya está en acción. Muchos, sin saberlo, hacen parte de él consciente y positivamente. Otros, sin embargo, son adversarios de él. Lo estorban, lo desprestigian, o disuaden a la gente para que no piensen en él como algo real y vigente. Este sistema es denominado “Reino de Dios”. Su liderazgo está en manos de Jesucristo, el Rey salvador, quien ofrece perdón de pecados por los méritos de su martirio, y por su nombre es otorgado gratuitamente el don del Espíritu Santo para vivir una vida nueva y plena dentro de su propio pueblo, su santa nación, nación esta que no rehuye las realidades humanas, pero que se integra a ellas sin perder su identidad. Para lograrlo se organiza, practica y defiende sus propios valores tales como la santidad, la solidaridad y la igualdad, entre otros. Su historia, valores, directrices y perspectivas están plasmadas en el libro más importante del Universo: la Santa Biblia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s