Amor a primera vista

“Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde; y alzando sus ojos miró, y he aquí los camellos que venían. Rebeca también alzó sus ojos, y vio a Isaac, y descendió del camello; porque había preguntado al criado: ¿Quién es este varón que viene por el campo hacia nosotros? Y el criado había respondido: Este es mi señor. Ella entonces tomó el velo, y se cubrió. Entonces el criado contó a Isaac todo lo que había hecho. Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó…” (Génesis 24: 63-67 (RV60))

Varias veces he leído este pasaje y sigue sorprendiéndome. Ahora que lo vuelvo a estudiar, siguen habiendo cosas que no entiendo. Es evidente que aventurarse a comprender la cultura de los patriarcas (hace más de 3500 años) es un enigma incluso para los estudiosos que dedican su vida a ello.

Sin embargo esta historia sigue llamando mi atención. Isaac ve a lo lejos a Rebeca. Rebeca pregunta quién es él y el siervo de Abraham le contesta que él es con quien ella se desposará. Ella se cubre el rostro con un velo (en señal de que ella es la novia). Isaac la toma por mujer y la ama. Algunas preguntas surgen en mi cabeza: ¿Cómo amar a una persona que no conoces? ¿Cómo “al instante” puedo amar a la mujer que mi padre me trae como esposa de tierras lejanas y sin haberla conocido antes? ¿Cómo amar a alguien que acaba de bajar de un camello con el rostro cubierto por un velo? ¿Cómo amar a una desconocida? Para mí, sigue siendo difícil de entender ¿Por qué una adolescente acepta casarse con una persona que no conoce? ¿Por qué está dispuesta a ser llevada a una tierra lejana para desposarse con él? No lo entiendo a totalidad.

Muchos de nosotros no podemos concebir la idea de que alguien más nos provea de nuestro futuro cónyuge. Muchos de nosotros no aceptaríamos que el día de conocer a nuestro esposo o esposa, ¡sea el mismo día de nuestra boda! A algunos de nosotros nos parece hasta ridícula la idea, aunque para otros no sea así.

Hace algún tiempo, un misionero que lleva el evangelio a países del medio oriente, compartía con nosotros una experiencia que marcó su vida. Él fue invitado a una boda. En este país se conserva la tradición de los matrimonios arreglados por los padres de los cónyuges. El misionero no podía entender que alguien se casara con una persona a quien apenas había visto un par de ocasiones. No paraba de cuestionar al novio si creía que era una buena decisión la que estaba a punto de tomar.

El novio, después de tanta insistencia del misionero le respondió: “Yo conozco gente en occidente, que aún después de años de conocer a su futuro cónyuge, terminan separándose. Yo, aún sin conocer a mi esposa, sé que debo amarla y estoy dispuesto a hacerlo. Creo que eso es lo más importante. Saber que debes amar a esa persona, aún cuando no la conozcas. Además, confió en que mis padres eligieron bien. Por el contrario: aún cuando conozcas todo acerca de una persona, si no decides amarla, tu matrimonio no funcionará”

Creo que entiendo el punto. Creo que lo más importante es estar decidido a amar. No estoy diciendo que debamos tomar la sección amarilla y elegir un cónyuge al azar. Entiendo muy bien la importancia de conocer a alguien antes de desposarte con dicha persona. Es sabio conocer a la persona con quien caminaremos juntos toda la vida. Pero creo que aún más importante que la compatibilidad que las parejas buscan al pasar tiempo conociéndose, está la decisión de amar al cónyuge. Aún cuando se encuentre al cónyuge ideal, si no se está dispuesto a amar, el matrimonio no funcionará.

Isaac amó a Rebeca desde que la vio descender del camello. No espero a conocerla más. Rebeca amó a Isaac desde que aceptó su largo viaje. No espero a conocerlo más. Isaac sabía que Rebeca sería su esposa, puesto que venía con el siervo de su padre y tenía el velo puesto como señal, así que él la acepta como mujer. Rebeca, al saber que Isaac será su esposo, baja su velo, en muestra de aceptación. Isaac entiende que ella era su esposa, y como su esposo, él debía amarla. Rebeca entiende que él es su esposo, y como su esposa, ella debía amarlo. Un esposo debe amar a su esposa. Una esposa debe amar a su esposo. Ambos decidieron amarse.

Como muchas veces hemos escuchado: el amor es una decisión. Y esta decisión no se ve afectada por el tiempo que se conozca a una persona. Desde luego que cuando compartes gustos, intereses, experiencias vividas, etc., se enriquece la relación, pero el amor no debe definirse por ello. El amor debe ser una decisión “a priori”. El amor es una decisión anticipada.

Y creo que esto no solamente se refiere a la relación de pareja. Creo que abarca toda relación. Un hijo de Dios debe siempre estar dispuesto a amar. ¡Jesús nos enseñó a amar aún a nuestros enemigos! (Mateo 5:44) El cristiano debe amar a su prójimo como a sí mismo. Independientemente si llevamos mucho tiempo de conocer a esa persona, o apenas cruzamos palabra con ella, debemos estar dispuestos a amarle. Amar es una decisión anticipada.

Esta clase de amor (en el hebreo “ajéb”) es el mismo amor que la Escritura indica para amar a Dios (Deuteronomio 6:5) Es el mismo amor que debemos dar a nuestro prójimo (Levítico 19: 18) Es el amor que los padres tienen hacia sus hijos (Génesis 44:20) Es el amor que le debemos a nuestras autoridades (1ero. De Samuel 18: 16) Es el amor que debemos mostrar a los desconocidos (Deuteronomio 10:19)
Es un amor decidido. Es decidir amar.

Si necesitáramos conocer a totalidad a alguien para amarlo, ¿podríamos amar a Dios? ¿Quién se atrevería a decir que conoce a totalidad a Dios? De igual forma, ¿cuánto tiempo se necesita para conocer a alguien? ¿Se puede conocer la totalidad de una persona? Todos tenemos gente a la que amamos aún sin conocer a totalidad, y a sabiendas, que nunca conoceremos todo acerca de ellas. Que siempre seguiremos descubriendo cosas nuevas uno del otro y aún así, decidimos amar.

Insisto que mi intención no es abordar el amor de una manera irracional y comenzar a relacionarnos sentimentalmente con cuanta persona se cruce en nuestro camino. Lo que si creo es que debemos aprender a amar anticipadamente. Aprender a amar a Dios aún sin conocer todo de Él. Aprender a amar a nuestros padres aún sin entenderlos del todo. Aprender a amar a nuestros amigos aún a pesar de las diferencias. Incluso aprender a amar a nuestros enemigos y pedir al Señor de manera sincera que les bendiga.Decidir amar. Jesús quiere que el amor sea nuestro rasgo distintivo. Jesús quiere que sus seguidores sean reconocidos por la manera en como aman a los demás. Jesús quiere que amemos a los demás, así como Él nos ama a nosotros.

Para algunos, la vida de Isaac no es más que un “intermedio” entre dos gigantes de la fe (Abraham y Jacob) Para mí, Isaac representa de manera hermosa el amor que Cristo tiene para Su Iglesia. La Escritura enseña que nosotros como Su Iglesia representamos a Su esposa (2da. de Corintios 11:2) De igual manera, hemos sido traidos a Él por Su Padre (Juan 6:37) También hemos sido traídos de lejos para Él (Mateo 8:11) Y Él con gran amor dio Su vida misma por nosotros. ¡Cuán grande amor para Su Iglesia! ¡Cuán grande amor para Su esposa!

“Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.”
(Juan 13:34-35 (NVI))

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